“King Kong vs Godzilla” (1962): Cuando las primeras partes no son buenas

Diego Rojas nos hace un análisis de King Kong vs Godzilla (1962)

Hace unos días WB liberó el trailer de su próxima gran apuesta, “Godzilla vs. King Kong” (2021).  Tonos oscuros, muchos estruendos y la promesa de por fin comenzar a ver en acción el Monsterverse. Mientras lo veía, sin embargo, no pude evitar tener dos certezas: primero, que esa película ya la había visto; y segundo, y afirmo esto con temor, que recuerdo la calidad de la película que había visto.

Por ello, en mi primera columna, hoy les traigo el análisis de “Kingu Kongu tai Gojira” o “King Kong vs. Godzilla” (1962).

¿De donde salió?

El proyecto en realidad nace por casualidad: aunque suene raro, la idea original era enfrentar a King Kong contra un Frankenstein gigante que azotaba San Francisco. Por lo costoso del stop-motion requerido la idea fue rechazada, instancia que aprovechó Tōhō para comprar el guion y poner en reemplazo a su querido lagarto atómico.

¿De qué va la película?

El nombre en sí es un gran spoiler, pero intentaré evitarlos.

En Japón, la Farmacéutica “Pacific” decide que no hay mejor campaña publicitaria para su tratamiento anticancerígeno que capturar el monstruo gigante que, dicen, habita las islas de donde extraen los frutos para dicho tratamiento. Adivinaron: es King Kong, a quien conocemos peleando contra un pulpo gigante (que, dato curioso, luego fue convertido en almuerzo del director. No conocían eso de “ningún animal fue lastimado durante la grabación de esta película”).

Por su parte, un submarino que recorre el Ártico detecta temperaturas muy altas en un Iceberg. Desde allí surge Godzilla, que las carga contra el submarino y luego, sin mucho motivo en particular, decide ir a destruir Japón (cabe destacar que la película se esfuerza demasiado en mostrar a Godzilla como el villano).

En lo principal, hay dos enfrentamientos entre ambos monstruos, ambos bastante forzados: el primero en el mar (¿recuerdan la escena del trailer, arriba del portaaviones?), la segunda luego de empujarlos a la pelea final bajo la consigna de “enfrentamos a los dos monstruos y, con suerte, morirá uno”.

¿Ya, pero qué tal la película?

Un dato es relevante para entender este filme y sus matices.

Por un lado el director, Ishiro Honda, pretendía hacer de éste una crítica a cómo los medios de comunicación eran capaces de cualquier cosa por vender más. Por algo el papel del director de la farmacéutica es interpretado por un famoso comediante de la época: una sátira directa a los mandamases de las corporaciones y la búsqueda de la ganancia en la oportunidad (como muestra, mientras King Kong va camino a la pelea final los agentes solo comentan, felices: “Gran publicidad, eh”).

Por otro lado, tanto el director de efectos especiales así como Tōhō decidieron suavizar el contenido para poder incluir al público infantil y así llegar a una mayor audiencia posible (“Suicide Squad”, te llaman), sacrificando la calidad del producto final y cayendo así, irónicamente, en lo mismo que criticaban: vender más, no importa el costo.

Lo anterior es relevante porque con ello entiendes por qué, al verla, sientes que la película es un híbrido que no alcanza a cuajar del todo: mantiene una crítica seria tanto a las falencias del sistema de política global (la ONU en nada ayuda, siendo Japón quien se encarga de todo) como al menosprecio de la sociedad moderna por la fuerza de la naturaleza (pues no hay fuerza militar que detenga a los monstruos); pero, lamentablemente, toda esa trama tiene una puesta en escena deliberadamente infantil. De acuerdo, es difícil pedirle seriedad a un filme sobre un reptil mutante y un primate gigantesco: hablo de que la saga viola sus propias reglas para vender más, pues si en sus dos películas anteriores buscaba generar miedo en los espectadores, ahora Godzilla parece salido de un show de Domingo en la mañana (cierres a la vista incluido). Ishiro Honda años después declaró: “No pienso que un monstruo deba ser alguna vez un personaje cómico”. En lo personal, creo que tenía mucha razón.

Obviamente la decisión de Tōhō rindió frutos: USD$10.000.000 en cines con un costo de USD$600.000, más una reedición estadounidense. Sin embargo, objetivamente, como película no pasa de ser una entretención ligera con efectos mediocres y un desarrollo poco memorable, algo muy criticable cuando piensas lo épico que dicho encuentro pudo y tuvo que haber sido.

No digo que Godzilla vs. King Kong vaya a ser lo mismo. Cierto, las referencias del trailer a la película de 1962 son descaradas. Y cierto, Adam Wingard lo recordamos por películas tan cuestionables como el remake de Death Note en Netflix. Pero tengamos fe. Esperemos, por el bien del Monsterverse, que los miedos, esta vez, solo provengan de los monstruos.

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